martes, septiembre 01, 2015

¿CAMBIEMOS? De la Unión Democrática a la Torre de Babel

En el actual tour electoral –que en buena hora corremos, porque lo que es en la época en que no había dictadura… (Martínez Suárez dixit)- hemos asistido a dinámicos actos de travestismo político. De ellos, tal vez el más contundente haya sido el liderado por la falsa Casandra (a la sacerdotisa de Apolo nunca le fallaban los anuncios de catástrofes), cuando dejó al ex cineasta Solanas hablando sólo para ir a comer una pizza. 



Allí murió la alianza de presunta centro izquierda FAUNA, que se dispersaría entre los llamados progresistas y la concordancia radical-pro-cívica, CAMBIEMOS, que se definiría en adelante por la negativa. Se trataba de un instrumento para terminar con el peronismo.


No era la primera vez. En los años ‘30 y con el telón de fondo de la 2ª Guerra Mundial, se había impulsado la unidad de los partidos democráticos en un frente antifascista. Este se concretó, sin embargo, en las elecciones de 1946, enfrentando al candidato del hampa, como denominaba al coronel Perón el pasquín Antinazi, creado para la campaña. La UCR, el partido Socialista, el partido Demócrata Progresista y el partido Comunista formaron la Unión Democrática que no presentaba candidatos comunes salvo la fórmula presidencial. Esta se integraba con dos radicales alvearistas: José P. Tamborini y Enrique Mosca. Tenían el apoyo de los conservadores, que no integraban formalmente la coalición, y los integrantes de las llamadas fuerzas vivas, como la Sociedad Rural y la Unión Industrial. Y llamativamente, el liderazgo del embajador norteamericano Spruille Braden.


El discurso de la U. D. se basaba en el lema democracia contra nazifascismo. Pero fuera de la traspolación de argumentos de la 2da. Guerra Mundial, los candidatos antiperonistas se encontraban con la gran dificultad de tener que atacar medidas francamente populares, como la sanción del aguinaldo, propugnada por el Coronel, y puesta en práctica por el gobierno en diciembre. Los comunistas lo denunciaron como una maniobra fascista y elaboraron argumentos para que los trabajadores lo rechazaran. Con el resultado previsible.


En 2013 los diarios bien pensantes abrumaban cotidianamente con los encuentros y desencuentros de los partidos opositores. Así vimos, del brazo y por la playa, a Victoria Donda, cuya tragedia familiar es conocida, con el ex JP, Alfonso Pratt Gay (JP Morgan, se entiende). Al hijo del presidente Alfonsín junto con la ex radical y promotora del séptimo mandamiento (no robarás, por si el lector no lo recuerda), Margarita Stolbizer, después de haber compartido boleta con el economista de izquierda Javier González Fraga y antes haber apoyado al peronista Roberto Lavagna, quien luego rechazaría entenderse con el partido del intendente Macri. Este último no pudo formar pareja con, el diputado De Narváez, y se vio obligado a hacerlo con la deambulante Patricia Bullrich, propietaria de una llamada Unión por todos, que no aclara sin embargo el contenido del todos. También en la UCR, ¿o fuera de ella? se presentó el creador de la Resolución 125, que estuvo a punto de producir la guerra civil entre la Argentina y los dueños de la tierra y más adelante, llevado por su sex appeal, nos puso al borde de una guerra con Chile.


Todo ello con apoyo de los grupos corporativos y los medios hegemónicos, que suelen retarlos como a niños por sus errores.


En el llamado peronismo opositor, después de la espantosa interna vivida hace unos años por los frustrados candidatos Duhalde y Rodríguez Saa, no había disminuido la creatividad, aunque hoy parece estar en declinación terminal la que fue Gran Esperanza Blanca desde el municipio de Tigre.


Sin embargo, estos conglomerados no nacieron con la aparición del hecho maldito del país burgués, al decir de John William Cooke, ni de su continuación a partir de la llegada de Néstor y Cristina.


Hace 99 años, la Argentina ensayaba por primera vez la elección popular, con voto secreto y obligatorio. La decadencia del régimen conservador y la abstención revolucionaria del entonces popular partido de las boinas blancas, había llevado a arriesgar –Ley Sáenz Peña mediante- una elección limpia. ¡Y había ganado Yrigoyen! El Peludo a quien seguían las multitudes con tal entusiasmo que hasta habían soltado a los caballos del carruaje presidencial para llevarlo a pulso, estropeando la imagen de la Casa Rosada al invadirla, tirando abajo las cortinas, como contaría escandalizado el dandy conservador Benigno Ocampo, que agregaría con horror: "Hemos pasado del escarpín de baile a la bota de potro.”


Ya entonces se ensayaron todos los métodos para detener la invasión. La elección presidencial era indirecta y todavía no se aplicaba el balotaje, pero como Yrigoyen sólo había alcanzado 133 electores, podía ser derrotado en el Colegio Electoral, donde los conservadores, que tenían 76, podían obtener el apoyo de los demócrata progresistas y ¡de los socialistas!, es decir, de los mismos peligrosos progresistas de hoy.


A último momento, los radicales de Santa Fe, que estaban distanciados del caudillo, fueron leales al partido, le dieron sus votos, y la Argentina pudo tener así el gobierno que quería la mayoría.


En 2015, a casi un siglo de esas elecciones y a 70 años de la Unión Democrática ésta parece reemplazada por la Torre de Babel.


Curiosamente, esta coalición de hoy se llama Cambiemos. ¿Qué ha cambiado?




Enrique Manson
Miembro del Instituto Manuel Dorrego
Agosto de 2015

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